El diagnóstico lo
conocería en quince días, tal vez por eso dedicó el mismo número, pero en
minutos, a llorar. Para ella, todo en esta vida tenía un significado; el número
no había sido una coincidencia. No sabía qué padecía su cuerpo, pero empezó a
notar que se le enfermaba el alma, aparecieron cicatrices resultado de la pandemia
de indiferencia de muchos que decían quererla, los mismos que pagaban un
diezmo de compasión con llamadas esporádicas y mensajes apáticos. El día
de los resultados se presentó sola con el doctor, no quería testigos que
presenciaran la renovación de su
contrato de vida o la activación del de muerte. De manera estoica salió. La
operación había sido programada para dentro de un mes.
—Lo siento Ros, pero
no te puedo acompañar, ese día Javier sale de viaje y no tengo con quien dejar
a los niños, pero te aseguro que rezaré por ti cuando sea tu operación.— esta
había sido Julia, amiga de Rosario.
—Mi amor, no te
preocupes, cosita. Sabes que no estás sola, cuentas conmigo. Bueno, ese día
tengo examen de la maestría pero… en cuanto acabe te marco para saber cómo
saliste. Te van a acompañar tus papás, ¿verdad?— eso dijo Adrián, su supuesto
novio.
—Amiga, obvio te
acompaño. Ya sabes que nunca te dejaría sola. Espera… Ups, ese día cumple años
mi mamá pero… bueno, me avisas y veo qué onda, ¿va?— Sofía, su amiga desde el
kínder.
—Mi vida, ¿por qué
no me avisaste antes? No es grave, ¿o sí? Esa es la semana en que tu papá y yo
planeamos nuestras vacaciones—Lulú, mamá de Ros.
Antes de entrar al
quirófano Ros tomó su celular, a pesar de que no tenía ninguna notificación vio Whatsapp esperando encontrar lo que sabía que no estaba. Apagó el aparato y dijo para
sí:
—Estoy contigo Ros.

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