viernes, junio 20, 2014

Estoy contigo Ros

     

     Al salir del consultorio del doctor Barrera, Rosario se dirigió a su BMW color plata, lentamente abrió la puerta, se sentó, colocó con cuidado las manos sobre el volante, inclinó la cabeza hacia el frente y dejó que un miedo pavoroso la atravesara por completo y se derramara en su cuerpo convertido en lágrimas y nervios. Recordó todas las veces en las que había sentido miedo, muchas para sus 28 años. Ninguna como esta. Con la biopsia no solo se habían llevado una muestra de su tejido, también parte de su fortaleza. Después de quince minutos de mirar a través del espejo retrovisor como se lavaba su pena  ­—como en aquellos años cuando de niña  salían de su pecho suspiros sentidos que hacían descansar el alma­—, nuevamente tenía esa sensación de alivio, quizá no tranquilidad, pero sí alivio.

     El diagnóstico lo conocería en quince días, tal vez por eso dedicó el mismo número, pero en minutos, a llorar. Para ella, todo en esta vida tenía un significado; el número no había sido una coincidencia. No sabía qué padecía su cuerpo, pero empezó a notar que se le enfermaba el alma, aparecieron cicatrices resultado de la pandemia de indiferencia de muchos que decían quererla, los mismos que pagaban un diezmo de compasión con llamadas esporádicas y mensajes apáticos. El día de los resultados se presentó sola con el doctor, no quería testigos que presenciaran la  renovación de su contrato de vida o la activación del de muerte. De manera estoica salió. La operación había sido programada para dentro de un mes.

     —Lo siento Ros, pero no te puedo acompañar, ese día Javier sale de viaje y no tengo con quien dejar a los niños, pero te aseguro que rezaré por ti cuando sea tu operación.— esta había sido Julia, amiga de Rosario.

     —Mi amor, no te preocupes, cosita. Sabes que no estás sola, cuentas conmigo. Bueno, ese día tengo examen de la maestría pero… en cuanto acabe te marco para saber cómo saliste. Te van a acompañar tus papás, ¿verdad?— eso dijo Adrián, su supuesto novio.

     —Amiga, obvio te acompaño. Ya sabes que nunca te dejaría sola. Espera… Ups, ese día cumple años mi mamá pero… bueno, me avisas y veo qué onda, ¿va?— Sofía, su amiga desde el kínder.

     —Mi vida, ¿por qué no me avisaste antes? No es grave, ¿o sí? Esa es la semana en que tu papá y yo planeamos nuestras vacaciones—Lulú, mamá de Ros.

     Antes de entrar al quirófano Ros tomó su celular, a pesar de que no tenía ninguna notificación vio Whatsapp esperando encontrar lo que sabía que no estaba. Apagó el aparato y dijo para sí:

     —Estoy contigo Ros.



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